Me dijeron que en la Plaza de Armas lo iba a encontrar. Me costó conseguir información de él. Me interesé en él desde aquel día en el asado en la casa de mis tíos del campo. Ese día, de intrusa o para satisfacer mis ansias de antropóloga entré a una casona que estaba a punto de caerse, inhabitada, anexa a la casa de mis tíos. Según mi tío Pedro, criado desde siempre en el campo, contaba la leyenda que esa casa la habitaba antiguamente un hombre que tenía mucho dinero, que desde antes que él naciera, este hombre era un peón cualquiera, hasta que hizo el pacto con el diablo.
El pacto que hizo era para tener mucho dinero y para mantenerse joven por muchos años.
Llamó tres veces al diablo, hasta que un señor de terno negro, chaqueta negra, alto y con un sombrero, golpeó la puerta de su casa. El peón abre la puerta y casi se desmaya del susto, lo hace pasar, le ofrece comida, y mientras comen no hablan nada. Se levanta de la mesa este hombre alto y se va sin decir nada. El peón creyó que fue un sueño, pero al día siguiente, todo empezó a cambiar, le había entregado su alma al diablo.
Su patrón, de una extraña enfermedad, murió súbitamente ahogado con un trozo de carne. Sin poder creerlo, el patrón le había dejado de herencia la casa y el terreno, y el dinero que generaba el campo. Comenzó a recibir grandes ofertas por comprarle las verduras y animales que tenía, y comenzó a hacer negocio con eso. Llegaban personas totalmente desconocidas al pueblo, que preguntaban por la casa de este peón, y le regalaban dinero. El hombre, que no era muy agraciado, tuvo dos matrimonios, no tuvo hijos, y gastaba la plata haciendo grandes fiestas donde invitaba solamente a gente fuera del pueblo. Hasta llegar al punto en que no sabía que hacer con tanto dinero.
Hasta que un día comenzó a ver seres extraños, deformes, rodeando su casa, lo seguían a todos lados, aparecían desde el suelo y no lo dejaban dormir. Un día fue a buscar a su mujer a la cocina y la va a abrazar por la espalda y la traspasa, era una ilusión. Empezó a sentir pavor, lo atormentaba todo y ya tenía el dinero suficiente para sobrevivir.
Su mujer viéndolo tan mal le pidió que por favor deshiciera este pacto, que ella lo amaba por lo que era y no por lo que tenía. Entonces le pregunto a un médico curativo del pueblo que podía hacer y le dijo que tenían que velarlo en vida, arriba de la colina del pueblo. Durante toda la noche sus parientes y amigos debían rezar padres nuestro y aves María, y sintiesen lo que sintiesen no debían parar de rezar.
Y así lo hizo, se compró el mejor ataúd y entró en el. Sus pocos amigos y esposa de ese tiempo lo velaron toda la noche. Según lo que se cuenta, se sentían muchos gritos desgarradores, muchas personas extrañas que gritaban en los oídos de los presentes. Fue fuerte esa experiencia, tanto que la esposa lo dejó después de esto y todas las personas que vivieron esa experiencia no hablaron más del tema y se alejaron de él.
La noche fue eterna, y al salir el sol, el ex peón, envejeció súbitamente y trató de hacer su vida normal. No obstante, siguió escuchando gritos y viendo personas. Se volvió loco; las acciones que hacía se iban a los extremos, llegando al punto de pegarle a las personas en la calle, porque pensaba que le gritaban y le decían cosas que solamente su mente imaginaba.
Lo internaron en el psiquiátrico de Santiago y de ahí se escapó y nadie más supo de él.
Me interesó tanto su historia que quise buscarlo. Me obsesioné con el tema. Fui al psiquiátrico, me dieron su nombre completo y me dijeron que lo habían visto en una pensión en Avenida Matta. Fui con muchas ganas de conocerlo, pero me dijeron que había estado poco tiempo; que dejó una gran cantidad de dinero por los meses que estuvo ahí y se fue, según lo que él les había dicho, al norte. Pero yo seguí mi intuición y recorrí muchas calles de Santiago.
Hasta que un día fortuitamente llegué al Paseo Ahumada para hacer unos tramites y le pregunté a una anciana que bailaba fuera del Eurocentro, por don Juan Retamales Castillo y afortunadamente lo conocía. Me dijo que lo iba a encontrar en la Plaza de Armas.
Caminé entre muchas personas, con un nerviosismo como cuando niña esperaba el día de mi cumpleaños; esculturas humanas, peruanos, vendedores ambulantes, tarotistas, uff!!me mareaba con tanta gente.
Me senté para respirar un momento y calmar mi adrenalina, cuando frente a mí vi un predicador que habla del arrepentimiento antes que Dios nos lleve como ladrón en la noche. Acto seguido, limpié mis lentes cuando ví en la banca cercana a la mía, dándoles miguitas de pan a las palomas, a un señor con la mirada baja, vestido andrajosamente. Representa unos 60 ó 70 años. Creo que es él,me dije... pero me dio miedo que reaccionara mal y me pegara.
Me acerqué un poco, saqué unas galletitas de mi cartera y las trituré para tirárselas a las palomas.
Lo miré y le sonreí, cuando súbitamente comenzó a caminar directamente hacia mí...caminaba decidido... me da miedo, me dije... vi en sus ojos una mirada desgastada, con mucho dolor... se acercaba cada vez más... cuando se detuvo secamente frente mí y me colocó en la mano una moneda de 100 pesos junto con un angelito roto de cerámica... me hizo cariño en la mano...me sonrió y luego se alejó…
(Foto:
"Angel de Mi Guarda", by Me. Santiago, Chile)